lunes, 22 de septiembre de 2014

Ego, Autoimportancia y Narcisismo


Hay que aprender a superar la autoimportancia si uno quiere poner los medios para que la consciencia siga evolucionando. Es esencial y necesario. Para ello hay que ir descubriendo los trucos del ego y tener un entendimiento más correcto de este gran falsario, que cuando lo buscamos no lo encontramos y cuando no lo buscamos se nos impone y nos enreda con toda su burocracia, nos encadena y obsesiona, nos turba de tal modo que perdemos  la capacidad de lucidez y nos ofuscamos gravemente.
Tenemos que indagar en el ego. Tenemos que ir sabiendo manejarnos con el mismo y conseguir que sea un burócrata fiel. No es fácil. Es muy ladino y se enmascara con facilidad, estando incluso detrás de los sentimientos y actos más nobles. Debido a su comportamiento exacerbado malgastamos nuestras mejores energías, nos tornamos muy vulnerables y susceptibles, nos involucramos en sus tendencias compulsivas y vivimos de espaldas a nuestra esencia. El ego forma la personalidad y la autoimagen, bien diferentes de la esencia o ser.  Al alimentar el ego y afirmar la personalidad desmesuradamente, estamos sacrificando el cuidado de nuestra propia y prístina identidad.  Es como el actor que tanto se identifica con el papel que interpreta, que se aliena y deja de ser él mismo. Hemos perdido, debido al exceso de apuntalamiento del ego, nuestro soberano interior. Tanto nos hemos volcado en el yo social y la imagen, tanto hemos retroalimentado la burda máscara de la personalidad, de tal modo persiste la importancia de sí, que nos hemos desconectado de nuestro yo más profundo. Esa neurótica tendencia a apuntalar el ego, crea disfunciones psíquicas y frustra la verdadera compasión y el entendimiento correcto. Sin darnos cuenta en ese proceso de enajenación, nos estamos haciendo un flaco favor, puesto que a mayor ego menos dicha interior. A mayor arrogancia, a mayor voluntad por aparentar y envanecerse, a mayor egocentrismo, menos equilibrio psíquico, menos seguridad, menos madurez y una relación menos fecunda con nosotros mismos y con los demás. El ego desmesurado es muerte. Recuérdese y reflexiónese sobre el mito de Narciso.
El ego exacerbado es competencia brutal y voluntad de poder, y dónde hay voluntad de poder nunca puede haber amor y compasión, ni tampoco genuino afecto hacia nosotros ni hacia los demás. El antiguo adagio reza: “Si quieres ver al diablo cara a cara, mira tu propio ego”. Muktananda me decía: “Con demasiado ego nadie puede ser feliz”. Pero como no podemos matar el ego, hay que aprender a canalizarlo con sabiduría y obtener su lado cooperante y constructivo.
El ego comienza a configurarse debido a la identificación con el propio cuerpo , con la mente, con el nombre, las propias ansiedades, expectativas, miedos y afanes. Y mientras vivamos habrá ego, pero puede ser un ego funcional, como un fiel secretario del que nos servimos para nuestro vivir cotidiano, o un ego desmesurado, desorbitado, que nos hace ser extremadamente egocéntricos, narcisistas e incapaces de ver (y menos, por tanto, atender) las necesidades ajenas. Es un obstáculo muy grande en la larga marcha de la autorrealización. Pero hay que ser sabio para saber manejarse con el ego y no estar a su merced. Es un fantasma negro que todo puede anegarlo. Origina ofuscación, avidez, odio, celos, envidia, afán de posesividad, rabia, rencor y altivez. Y cuanto más ego hay, más surge en uno la demanda excesiva y neurótica de seguridad, y uno se siente más inseguro, teniendo que servirse de toda suerte de autodefensas que, al final, de nada nos defienden y lo que hacen es bloquearnos y amurallarnos. El ego nos hace suspicaces, recelosos, heribles. Tiene una afán compulsivo por afirmarse y se aterra cuando se siente negado, rechazado o desconsiderado. Debido al ego uno se cree con derecho a ofenderse por todo y deja que surjan sus tendencias subyacentes de ira, afán de venganza y rechazo. El ego excesivo es intolerante, dogmático, irrespetuoso y proclive a hacer cargos a los demás y culpabilizarlos. Tenemos que ir entrenándonos para que el ego nos sirva y no servirle nosotros a él. La individualidad es hermosa, pero si se desmesura y da riendas sueltas a la autoimportancia y al narcisismo, se torna fea y grotesca.
En una sociedad básicamente narcisista, el ego asoma por todas partes. También abundan, sobre todo en el terreno espiritual y en el a veces muy turbio panorama de la llamada Nueva Era, personas con un ego-rascacielos que entran en el perverso juego narcisista del “yo sé y tu no sabes”, cuando en realidad ni siquiera son capaces de darse cuenta de sus feas y abrumadoras tendencias egocéntricas. No hay peor orgullo que el espiritual, que puede conducir al fanatismo, el ciego proselitismo y la idea paranoide de creerse más que los demás. El ego enfermizo en la mayoría de los políticos o el afán demoniaco de poder de los banqueros, o el estilo pavoneante de muchos famosos o famosillos, todavía no nos llama tanto la atención como el ego desorbitado y esperpéntico que se da en muchos de los llamados gurús, guías espirituales, representantes de terapias alternativas (porque el ego de algunos médicos ya es bien conocido y soportado) y supuestos “conectados” o “iluminados” que se presentan como salvadores de almas o vivos exponentes espirituales. ¡Cuidado con el narcisismo espiritual! Todos somos aprendices y todos tenemos que seguir aprendiendo de todos a lo largo de nuestras vidas.
Mientras escribo estas páginas está a mi vera mi gato Emile (del que tanto hablo en mi obra “En El Límite” y que empezó a hacerse famoso en uno de los programas que me hizo Sánchez Dragó después de mi grave enfermedad cogida en Sri Lanka). Más bien habría que decir que él no es mío, sino yo de él. Soy su discípulo y todos los días aprendo algo, con humildad, de su comportamiento. Es mejor gurú, y más honesto, que la mayoría de ellos, y me enseña a vivir en el momento, ser bondadoso, estar atento y a la par relajado y, sobre todo, a no dejarse condicionar por actitudes egocéntricas. Tenemos mucho, muchísimo, que aprender de los animales. Si estamos lo suficientemente receptivos, abren el corazón, y se convierten en verdaderos maestros… y además sin autoimportancia.
En el próximo trabajo seguiremos incursionando en las arenas movedizas del ego y de la autoimagen y haremos referencia a métodos y actitudes para conseguir que el mismo ego que nos detiene en la búsqueda espiritual nos ayude a avanzar, y sobre todo que podamos ponerle en su justo y equilibrado lugar, sin dejar que se interponga entre nosotros y nuestra esencia. Desde el ego es imposible la presencia inspiradora y reveladora de esa esencia, pero cuando el ego se rinde, se revela lo mejor de uno mismo.
Ramiro Calle
www.ramirocalle.com

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