sábado, 8 de noviembre de 2014

EL ARTE DE ESCUCHAR






Cuando os sentáis en silencio, sin concentrar vuestra atención, sino con la mente muy quieta, realmente silenciosa, entonces podéis escuchar todo, tanto los ruidos lejanos como los que están más próximos a vosotros, y también los sonidos inmediatos, lo cual significa que, aunque no os deis cuenta, prestáis atención a todo y es que la mente no está restringida a un solo canal estrecho y de banda estrecha porque si podéis escuchar de ese modo, con tanta facilidad, sin esforzaros mucho, hallaréis que dentro de vosotros se produce un cambio extraordinario, un cambio que sobreviene sin que medie vuestra voluntad en ello, sin que lo pidáis; en ese cambio hay gran belleza y profundidad de discernimiento.

Ahora bien, ¿cuántos de vosotros oís pero no escucháis? Escuchad con vuestras proyecciones, a través de lo que proyectáis, a través de vuestras ambiciones, deseos, temores, ansiedades, escuchando únicamente lo que deseáis escuchar, lo que puede ser satisfactorio, lo que habrá de gratificaros, lo que os brindará consuelo, lo que aliviará momentáneamente vuestro sufrimiento.

Si escucháis a través de la pantalla de vuestros deseos, entonces escucharéis vuestra propia voz, es obvio; estáis escuchando vuestros propios deseos, pero existe otra forma de escuchar y no sólo lo que se está diciendo, sino todo lo demás: el griterío de las calles, el parloteo de las aves, el ruido del tren, el mar agitado, la voz de vuestro cónyuge, de vuestros amigos, el llanto de un bebé, etc.

Escuchar es importante sólo cuando no estáis proyectando vuestros propios deseos por medio de aquello que escucháis. Pero ¿podéis dejar de lado todas esas pantallas a través de las cuales escucháis, y escuchar realmente? El escuchar es un arte que no se obtiene fácilmente, pero en el que hay también belleza y gran comprensión.

Escucháis con distintas intensidades de vuestro ser, pero vuestro nivel de escucha es casi siempre con una idea preconcebida o desde un punto de vista particular. No escucháis simplemente sino que se interpone siempre la pantalla de vuestros propios pensamientos, de vuestras conclusiones, de vuestros prejuicios.

Para escuchar tenéis que alcanzar un cierto nivel de quietud interna, una atención relajada y estar libres del esfuerzo de adquirir. Ese estado alerta y, no obstante, pasivo, puede escuchar lo que está más allá de la conclusión verbal.

Las palabras confunden; son tan sólo medios exteriores de comunicación; pero para comunicaros más allá del ruido de las palabras, en el escuchar tiene que haber una pasividad alerta.

Los que aman pueden escuchar; pero es extremadamente raro encontrar a alguien que escuche en ese estado. Casi todos vais buscando resultados, queréis alcanzar metas; estáis siempre venciendo y conquistando; en consecuencia, no escucháis.

Sólo cuando uno escucha, oye la canción profunda de las palabras. Escuchar algo requiere que vuestra mente esté quieta; no con una quietud mística, sino simplemente con quietud.

Cuando miréis a una flor, simplemente miradla, no la nombréis, no la clasifiquéis, no digáis que pertenece a tal especie; después, dejad de mirarla.

Por eso el arte de escuchar es realmente difícil: escuchar al comunista, al socialista, al diputado, al capitalista, a cualquiera, a la esposa, a los hijos, a su vecino, al conductor del autobús, al pájaro, simplemente, escuchar.

Sólo cuando escucháis sin la idea, sin el pensamiento, establecéis directamente en contacto; estando en contacto, sabréis si lo que él está diciendo es verdadero o falso; no tendréis que discutir al respecto.

Cuando hacéis un esfuerzo para escuchar, ¿estáis escuchando? porque ese esfuerzo mismo, ¿no pudiera ser una distracción que impide el escuchar?

Cuando escucháis algo que os cause deleite, ¿hacéis un esfuerzo? No podéis percibir la verdad, ni ver lo falso como falso, mientras vuestra mente esté ocupada, de cualquier forma que sea, con el esfuerzo, la comparación, la justificación o la condena.

Escuchar es, en sí mismo, una acción completa; el puro acto de escuchar trae su propia libertad. Pero ¿estáis realmente interesados en escuchar, en transformar vuestra confusión interna?

Si escuchaseis en el sentido de estar alerta a vuestros conflictos y contradicciones, sin forzarlos dentro de ningún patrón particular de pensamiento, tal vez estos conflictos y estas contradicciones pudieran cesar por completo.

Estáis constantemente tratando de ser esto o aquello, de lograr un estado especial, de capturar una clase de experiencia y de evitar otra, de tal modo que la mente está siempre ocupada con algo; jamás está quieta para escuchar el ruido de vuestras propias luchas y dificultades.

Sed sencillos y no tratéis de llegar a ser otra cosa o de capturar alguna experiencia. Cuando escucháis, hallaréis que dentro de vosotros ocurre un cambio notable, un cambio no premeditado ni ansiado; tiene lugar una transformación, una revolución completa en la que rige sólo la verdad y no las creaciones de vuestra mente.

Escuchadlo todo, lo que os dicen a vosotros, lo que dicen otras personas, el trino de los pájaros, el silbato de una locomotora, el ruido del autobús que pasa. Encontraréis que cuanto más lo escucháis todo, mayor será el silencio, y ese silencio no es roto por el ruido.

Sólo cuando ofrecéis resistencia a algo, cuando colocáis una barrera entre vosotros mismos y aquello que no deseáis escuchar existe una lucha.

Angel Luis Fernández

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