viernes, 6 de febrero de 2015

El reflejo de nuestro Yo en los demas. Gregg Braden

El reflejo de nuestro Yo en los demas. Gregg Braden




  • “Reconoce lo que estás viendo, y aquello que estaba escondido de ti, se volverá evidente ante ti.”
    Evangelio de Tomás


    En la década de los setenta, uno de mis instructores de artes marciales nos compartió el secreto de leer a un oponente: “Cada persona con la que compites es un espejo para ti.”
    Como tu espejo personal, tu oponente te mostrará quién eres en el momento. Al observarlo, mientras se acerca a ti, estás viendo su reacción según cómo te percibe.” A lo largo de mi vida, a menudo recuerdo las palabras de mi instructor y pienso en ellas. Más tarde, comencé a aplicar lo que dijo respecto a la competencia en el dojo con la forma en que las personas se comportaban en la vida. En 1992, me encontré involucrado en una experiencia en donde este espejo no tenía sentido en absoluto…, fue cuando descubrí la sutilidad del segundo espejo de las relaciones.
    En el otoño de ese año, en un periodo muy corto de tiempo, aparecieron tres personas nuevas en mi vida. A través de ellas, pude experimentar tres de las relaciones más poderosas y dolorosas que he conocido de adulto. Aunque no lo reconocí en el momento, cada uno de ellos fue un maestro en formas que jamás hubiera imaginado que podría serlo.
    Juntos me enseñaron la lección que me aseguró que mi vida jamás sería la misma. Aunque cada relación me sirvió como un espejo exacto en el momento preciso, al principio no reconocí lo que me estaban enseñando.
    La primera relación fue con una mujer que había llegado a mi vida con intereses y metas tan similares a los míos que decidimos vivir y trabajar juntos. La segunda, fue con un socio profesional que me iba a ayudar con el apoyo necesario para establecer y organizar seminarios en todo el país. La tercera relación fue una combinación de amistad y negocios que involucraba un hombre que cuidaba mi propiedad cuando me iba de viaje de trabajo, a cambio de un lugar para vivir en una de las construcciones de mi propiedad que no estaba en uso debido a que estaba siendo renovada.
    El hecho de que estas relaciones llegaran a mi vida al mismo tiempo debió haber sido mi indicación de
    que algo iba a ocurrir, algo grande. Casi de inmediato, los tres comenzaron a probar mi paciencia, mi determinación y mi resolución. ¡Sentía que me estaban volviendo loco! Había discusiones y desacuerdos con los tres. Debido a que viajaba mucho, mi tendencia era ignorar las tensiones, evitando encontrar una resolución. Me encontré en una actitud de “esperar a ver qué pasa” hasta que regresara de mi siguiente viaje. Cuando lo hacía, las cosas estaban exactamente igual a como las había dejado y a veces hasta peor.
    En ese momento, tenía una rutina que seguía cuando llegaba al aeropuerto después de cada seminario. Recogía mis maletas del área de equipaje, sacaba dinero en efectivo de un cajero automático para gasolina y una comida, e iniciaba mi trayecto de cuatro a cinco horas a casa conduciendo mi auto.
    Sin embargo, en un viaje en particular, algo ocurrió que me obligó a enfocarme por completo en estas relaciones. Después de recoger mis maletas, fui al cajero a sacar dinero. Quedé horrorizado cuando la máquina imprimió un recibo mostrando que mi cuenta no tenía suficiente dinero como ¡para sacar veinte dólares para gasolina!
    Esto era especialmente terrible, pues había programado la renovación de unos edificios de adobe de cien años de antigüedad en mi propiedad, y había entregado cheques de esa misma cuenta a los restauradores. Además de los gastos de hipoteca, oficina, viajes y familiares, la máquina me estaba diciendo que no había nada, absolutamente nada, para cubrir ninguna de mis otras obligaciones.
    Sabía que tenía que haber un error. También sabía que a las 5:30 P.M. un domingo por la tarde en Nuevo México no iba a poder hacer nada, todo estaba cerrado hasta el lunes.
    Después de convencer al empleado del estacionamiento de que le pagaría por correo la cuenta de varios días, inicié mi largo camino a casa pensando en lo sucedido.
    Cuando llamé a mi banco la mañana siguiente, quedé todavía más sorprendido. No podía creerlo, el balance de cero en la cuenta no era un error, en verdad no quedaba un centavo.
    De hecho, había menos que nada, un retiro no autorizado realizado por la mujer en quien había confiado mi negocio, había vaciado por completo la cuenta. Debido a las multas que implicaban cada uno de los cheques sin fondos, también me encontré de repente con un balance negativo causado por cientos de dólares en cargos de sobregiros.
    Quedé atónito e incrédulo. Rápidamente mis emociones se convirtieron en ira, y la ira se convirtió en cólera. Mi mente recorría velozmente todas las personas a quienes les había entregado cheques que ahora no podría cubrir además del resto de las obligaciones pendientes. La violación de mi confianza y el hecho de que hubieran hecho caso omiso de mi persona y de mis compromisos era más doloroso de lo que esperaba.
    Para empeorar las cosas, más tarde ese día, mi sociedad de negocios llegó a su punto de ebullición. Cuando abrí mi correo y observé las cuentas de los seminarios que ya había terminado, encontré diferencias en los gastos, y en pocos minutos me encontré en el teléfono reclamando mi parte de las ganancias, línea por línea.
    Durante la misma semana, descubrí que el inquilino que vivía en mi propiedad estaba enfrascado en intereses que no solamente estaban opuestos directamente a nuestro acuerdo mutuo, sino que, además, era visto con malos ojos en el estado de Nuevo México.
    Evidentemente, no podía seguir ignorando lo que estaba ocurriendo en mis relaciones.
    HAY MÁS DE UN ESPEJO
    A la mañana siguiente, recorrí el camino empolvado desde mi propiedad hasta una gran montaña donde se observa el valle detrás de mi casa. Oré en silencio, caminé con cuidado sobre los surcos profundos de lodo y sobre las piedras sueltas pidiendo sabiduría para reconocer el patrón que me estaban mostrando de manera tan abierta, aunque yo no pudiera verlo. ¿Cuál era el hilo que entretejía estas tres relaciones? Recordé lo que había dicho mi instructor de artes marciales y me pregunté: ¿Cuál es el reflejo en común que estas tres personas me estaban manifestando con sus acciones?
    De inmediato, las palabras comenzaron a recorrer mi mente, algunas tan rápido que desaparecieron, mientras otras se destacaron con claridad. En segundos, cuatro palabras emergieron sobre las otras: honestidad, integridad, verdad y confianza. Me hice más preguntas: Si estas personas están reflejando lo que soy en este momento, ¿me están mostrando que soy deshonesto? ¿He violado de alguna manera la
    integridad, la confianza y la verdad en mi trabajo?
    Mientras me hacía la pregunta en mi mente, brotó un sentimiento de lo más profundo de mi ser. Dentro
    de mí; una voz —mi voz— gritaba: ¡No! ¡Por supuesto que soy honesto! ¡Por supuesto que tengo integridad! ¡Por supuesto que soy sincero y confiable! Estas cosas son las bases esenciales del trabajo que comparto con las personas.
    Exactamente en el siguiente instante, surgió otro sentimiento, volátil al comienzo, luego más claro y más fuerte, hasta que quedó sólidamente presente ante mí para verlo y reconocerlo.
    En ese momento, el espejo se volvió cristalino: las tres personas que había atraído tan hábilmente a mi vida no me estaban mostrando lo que yo era en él momento, sino que cada una me presentaba otro reflejo más sutil del que nadie me había hablado antes. En nuestros enfrentamientos respecto a las creencias y estilos de vida, en lugar de presentarme lo que yo era, ¡me estaban mostrando las cosas que yo juzgaba! Estos individuos exhibían las cualidades que activaban una gran carga emocional en mí, las mismas cualidades que yo sentía que ellos habían violado.
    En ese momento de mi vida era cierto que juzgaba enormemente la seriedad con que las personas tomaban los atributos de honestidad e integridad. Con toda seguridad, mi carga emocional se había acumulado desde mi infancia. En un momento, de repente mis experiencias pasadas se aclararon. De inmediato, recordé las veces que habían sido violadas en mi vida estas mismas cualidades: relaciones románticas del pasado en donde mis parejas no fueron sinceras, promesas de adultos que no fueron cumplidas, amigos y tutores de negocios bien intencionados que hicieron promesas que no hubieran podido cumplir ni en un millón de años…, y mi lista seguía y seguía.
    Mis juicios respecto a esos asuntos se habían acumulado durante años a un nivel tan minucioso que ni siquiera había sido capaz de reconocerlos. Ahora, constituían la esencia de algo que ¡ya no podía ignorar! La magnitud del hecho de tener una cuenta bancada vacía, me convenció que tenía que entender los mensajes de estas relaciones antes de seguir con mi vida. Ése fue el día que aprendí el misterio profundo y sutil del segundo espejo de las relaciones: el espejo de las cosas que juzgaba en mi vida.
    ¿RECONOCE USTED SUS ESPEJOS?
    Lo invito a examinar sus relaciones con las personas más cercanas a usted. Ahora, reconozca los rasgos y características que lo irritan al máximo y parecen volverlo loco. Una vez que lo haga, formúlese la siguiente pregunta: ¿me están mostrando estas personas a mí mismo en este momento?
    Puede ser que así sea. Si lo es, su instinto se lo dirá de inmediato. Sin embargo, si la respuesta es no, puede ser que le estén revelando algo más profundo y más poderoso que el espejo de lo que usted es, pueden estar mostrándole el reflejo de las cosas que juzga en su vida. Con el sólo hecho de reconocer y aceptar que el espejo existe comienza la sanación de su juicio.
    Extracto de La Matriz Divina.
    Gregg Braden.

    FUENTE  http://www.shurya.com

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